Como me gusta mucho sacar punta a los programas de mano, cuando uno me agrada justo es destacarlo. El del Villarejo de Salvanés del sábado pasado, además de un cuidado diseño, contenía este texto:
“DE DINASTÍA. Nacer en el seno de lo que se conoce como familia torera, no tiene la verdad, ningún mérito. Como tampoco lo tiene ser hijo de millonario o simplemente hijo de puta. Lo importante es llorar para después mamar con avidez. De esto estuve convencido hasta los nueve o diez años. Ignorando como unido a las ansias nutricias se succionan muchas más cosas que la simple leche materna.
Porque mi padre tras su retirada de los toros, construyó en un arrabal de su Alicante natal la pequeña plaza de toros en la cual nos crió. Convertida en escuela taurina y cine de verano, determinó la frontera circular de mi infancia. Y allí crecí, respirando el contaminadísimo ambiente que los sumerios tauromáquicos de mi padre procuraban.
Todo discurría bajo la presencia del toro, en este caso eran vacas, pero lo mismo da. Lo cierto es que, si se jugaba un partido de fútbol, el animal debía tutelar… Tutelar y repartir leña por un tubo, pues ahí residía la gracia del asunto. También las apuestas, alardes, y retos acababan inexorablemente enfrentádonos a las dificultades y siempre torva intenciones de aquel ganado con el cual mi padre abastecía su negocio. Sigue leyendo…